El cine, la gastronomía, lo físico y lo espiritual

‘Cuando estuve en París, una vez gané una carrera de caballos. Los oficiales de la caballería francesa me homenajearon con una cena en uno de los restaurantes más famosos de la ciudad, el Café Anglais. El jefe de cocina, sorprendentemente, era una mujer. Comimos codornices en sarcófago, un plato que había creado ella misma. El general Galliffet, que era nuestro anfitrión aquella noche, nos explicó que esta mujer, la chef, era capaz de transformar una cena en una especie de asunto amoroso, en una relación apasionada en la cual uno acababa por no diferenciar entre apetito físico o apetito espiritual. El general Galliffet me dijo que en el pasado se había batido en duelo por causa de una bella mujer, pero que ya no había en París una mujer por la que estuviera dispuesto a derramar sangre aparte de esta cocinera. Tenía fama de ser el mayor genio culinario de su época. Y lo que estamos comiendo ahora es nada menos que codornices en sarcófago’.

Quien haya visto la conmovedora y hermosa ‘El festín de Babette’ nunca olvidará las palabras que el viajado general Lowenhielm comenta al resto de los comensales en casa de las rectas Philippa y Martina, mientras aquella anónima criada oficiaba tal y como lo había hecho en el Café Anglais de Paris. Los gastrónomos portamos en el imaginario secuencias memorables centradas en el ámbito de la culinaria, pues por razones que se escapan a la comprensión y, al contrario que la música o las artes plásticas, en ciento veinte años de cine la gastronomía no ha sido una disciplina artística bien entendida, tratada y materializada en el celuloide.

Llevamos con nosotros en la memoria la leche de ‘La naranja mecánica’, el ajo de ‘Jamón, jamón’ o al pequeño Patsy debatiéndose entre el delicioso pastel y el tierno cuerpo de la vecina Peggy en ‘Érase una vez en América’. Una secuencia, la del niño devorando su merengue, en las escaleras, inolvidable. Recordaremos para siempre la piruleta de ‘Lolita’, los caracoles de ‘Pretty woman’, el borcht de ‘Acorazado Potenkim’, la mantequilla de ‘Último tango en París’ o el plátano de ‘La batalla del siglo’. Y, ¿qué sería de los ‘Granujas a todo ritmo’ sin sus cuatro pollos fritos, de ‘El corazón del ángel’ sin los inquietantes huevos o de ‘El discreto encanto de la burguesía’ sin el Dry Martini que tanto apasionaba a François Thevenot y al propio Buñuel? ¿Imaginarían ‘Esencia de mujer’ sin la visita de los protagonistas al Oak room o ‘Imitación de la vida’ sin la receta secreta de las tortitas de Delilah?

Sólo un país donde los aromas de la mezcla entre mostaza y ketchup, además de cebolla mal frita inunda aeropuertos, cafeterías y calles, podría producir una situación en la que mojar patatas fritas en champagne parezca algo sensual, como en ‘La tentación vive arriba’ o desarrollar un memorable monólogo sobre el Big Mac como el de Vincent Vega en ‘Pulp Fiction’. Aunque los americanos también nos han puesto encima de la mesa y a través de la pantalla, suculentas situaciones como los spaguetti que realizaba en raqueta Jack Lemon para la jovencísima Shirley McLaine en ‘El apartamento’ o aquella mítica secuencia de ‘La quimera de oro’ donde el Buscador Solitario encuentra la cocción perfecta del cuero de su bota como exquisito manjar para el día de acción de gracias.

¿Cómo vamos a olvidar ’Como agua para chocolate’, ‘Comer, beber, amar’, ‘Entre copas’, ‘Deliciosa Martha’, ‘Vatel’ o la animada ’Ratatouille’? ¿Cómo no vamos a emocionarnos con Bruno y Antonio pidiendo la Mozzarella en carozza mientras la bicicleta sigue sin aparecer, al igual que el Rodaballo a la royale de ‘Play time’?

Pero de todas ellas, me quedaré siempre con la enigmática Babette y la mágica forma en la que convierte a sus críticos vecinos en asombrados comensales y cómo a pesar de los profundos prejuicios de los feligreses logra que aquel supuesto aquelarre pase a ser una novedosa e inédita forma de entrar en contacto con Dios. Creo que lo que todos buscamos, ya sea en la realidad o en la ficción, es exactamente lo que reflexionaba el general Galliffet: Alguien que sea capaz de transformar una comida en ’una especie de asunto amoroso, en una relación apasionada en la cual uno acababa por no diferenciar entre apetito físico o apetito espiritual’. This is what is all about… 

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