El placer de compartir

Pasan escasos minutos de las seis de la tarde, el termómetro marca 35 grados en la esquina de Serrano con Jorge Juan, pocas ganas puede haber de patear las calles, y sin embargo al interior de la tienda de Remírez de Ganuza situada en el número 3 de esta última (y cotizada) calle van llegando con cuentagotas algunos de los mejores sumilleres de Madrid. ¿El motivo? Poder catar, de la mano del enólogo Jesús Mendoza, algunas de las añadas más significativas elaboradas por la prestigiosa bodega riojana. Y no solo eso, sino también poder comentarlas con él y el resto de invitados en un ambiente informal, aunque también con la precisión en sus comentarios que es de esperar de una audiencia tan erudita. Encontrarme ahí, rodeado de gente como David Robledo, Rut Cotroneo, Luis García de la Navarra, Arturo García, Miguel Ángel Millán, María José Huertas, Marian Reguero o Juanma Galán es de esas cosas que a veces no aprecias lo suficiente hasta que las vives. Y poder verles relajados, preguntando cosas a Mendoza, intercambiando opiniones, riéndose… es sin duda un privilegio a la altura de los vinos que pudimos catar. Porque vaya vinos que tomamos, señores.

Sin querer aburrir, empezamos por los tintos, en concreto los Reservas 94 y 95, añadas que colocaron a la bodega en el mapa y pusieron el listón muy alto. Las caras de los asistentes al comprobar la insultante juventud que aún atesora el 94 son dignas de guardar en la memoria, aunque la mía no andaba muy lejos; incluso Jesús Mendoza se sorprendía por ello, ya que hacía tiempo que no lo bebía: quedan muy pocas botellas y hay que reservarlas para ocasiones tan especiales como esta. El 95 sí que se corresponde mucho más a las expectativas, y aunque menos vivo, se abre con los minutos hasta desplegar unas notas lácticas, de cacaos, de cueros… Magnífico, complejo. A continuación se sirvieron 2003 y 2005, dos añadas muy, muy distintas. La primera dice Mendoza que “fue una añada muy complicada en toda la región, la hemos traído porque no solo queríamos poner las fáciles”, y justamente por esa falta de expectativas sorprende mucho a todos por su elegancia, un premio a la ‘osadía’ del anfitrión. Llegamos entonces a 2005, que siempre me confiesa José Urtasun, copropietario de la bodega, que es una de sus grandes favoritas. Lo raro sería que no fuera así, pienso, porque en palabras de un sumiller ahí presente, “me encantaría plantarlo en una cata a ciegas contra grandes vinos franceses. Las risas que nos íbamos a echar”. Poco más se puede añadir: fino, elegante, complejo, joven… ¡Compren!

Puede que ese momento sea el culmen de la velada, pero la aparición de un Erre Punto Blanco 2004 (escasísimo, incluso en bodega) reaviva la excitación en la sala. “Este tipo de vinos es el único vicio que me queda”, confiesa, mitad en broma mitad en serio, otra de las asistentes. Y como contrapunto casi inmediato (algunos se tienen que ir al servicio), se abre Reserva Blanco 2011, otra forma de trabajar y otro concepto, aumentando la búsqueda de la finura y la elegancia. Ninguno de ellos parece imponerse claramente… o tal vez es que lo hacen ambos, ya que es difícil decidirse por uno solo.

Toca ya finalizar y enfilar el camino a nuestros respectivos destinos, pero lo hacemos con una sonrisa en la cara –alguno también con una botella del 94 bajo el brazo, todo sea dicho– y la satisfacción de ver que, por mucho acceso diario a grandes vinos que tengan, incluso los mejores sumilleres pueden seguir emocionándose una calurosa tarde estival gracias a una combinación imbatible: grandes vinos y mejor compañía. Y que así siga siendo, por favor.

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